jueves, 24 de junio de 2010

Efectos de la TV en los chicos: TERRIBLE!

Voraces, lavados y planchados Durante el lustro que va de 2001 a 2006, el consumo infantil de televisión (cantidad de horas diarias frente al televisor) en las edades de 9 a 12 años creció de cuatro a cinco horas por día, según un informe de la central de medios Ignis[1]. Esto significa, según quienes estu­dian el fenómeno, que un chico recibe más de 20 mil impactos publicitarios por año.

Su cerebro es martillado y lavado de manera brutal en el intento de convertir al niño en un consu­midor domesticado y descerebrado. "La tevé les quita imagina­ción a los chicos, les da las cosas muy servidas", admite en el mismo diario en el que se publica el informe la productora de programas infantiles Cris Morena. Para la doctora Mónica Oliver, miembro de la Comisión de Salud Mental de la Sociedad Argentina de Pediatría, "el niño está sobrecargado de estímulos", que luego repercuten en ansiedad, estrés y trastor­nos del sueño. Y, siempre en el mismo informe, el doctor José Sahovaler, secretario de la sección de niños y adolescentes de la Asociación Psicoanalítica Argentina, recuerda que esas cinco horas de televisión, son cinco horas en la que los chicos no jue­gan y, por lo tanto, no interactúan, no exploran procesos vita­les para su desarrollo evolutivo. "Si un chico mira cinco horas de televisión por día, su mente se hace plana, porque no puede procesar todo lo que ve", culmina Sahovaler.

Lo que les interesa a los anunciantes, a los gerentes de pro­gramación televisiva y a un ejército de variados mercaderes no es que los chicos procesen lo que ven sino que se conviertan en consumidores compulsivos o en poderosos agentes de venta ante esos adultos distraídos o culposos que son sus padres. Cuando eso ocurre (y ocurre de manera pavorosa) las cuentas cierran y misión cumplida. A pesar de todas las evidencias, hay ejecutores de las ciencias sociales que se asocian consciente o inconscientemente a los intereses de quienes aplanan la mente infantil y proponen en su defensa argumentos tan precarios como peligrosos. "Los chicos, al momento de decodificar la tevé, lo hacen mejor que los grandes", sostiene el sociólogo Luis Alberto Quevedo, encargado del área de comunicación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales y habitual abogado defensor de los efectos nocivos de la televisión.

Todo lo que muchos padres necesitan es que alguien les diga que la televisión agudiza la percepción audiovisual de sus hijos, que los informa de una manera novedosa y sutil, que los convierte en "sabios decodificadores" (?) de la realidad, para respirar aliviados y volver abandonarlos en manos de la niñera electrónica. Allí los chicos se informarán en exceso acerca de las últimas novedades en golosinas, artefactos electrónicos inú­tiles pero inevitables, discos, películas, zapatillas de marca, ropa de superhéroes, adminículos de todo tipo y pelaje, espec­táculos variopintos (muchos de ellos de nula calidad y conte­nidos equívocos), flamantes menús chatarra y una amplia ofer­ta de cosas que sus padres deberán comprarles si quieren con­servar su cariño, recuperar su admiración, evitar que sean dis­criminados por ser "los únicos" que no acceden a esos cebos o, simplemente, si desean acallarlos y sacárselos de encima por un rato (hasta la próxima tanda publicitaria).

En Los aprendices del amor[2], un profundo y sabio análisis sobre las emociones, el médico y psicoterapeuta Norberto Levy, referente esencial en la autoasistencia psicológica, escribe a la voracidad como "hambre intensa y desorganizada", y considera al desplazamiento como una de sus causas. "Entre las múltiples necesidades que puedo sentir existe cierta conexión —escribe Levy— [...], y lo más probable es que intente llenar mis vacíos por los medios que mejor conozco. Si los múltiples canales a tra­vés de los cuales me expreso se van cerrando, el que quede abier­to se va a sobrecargar inevitablemente. En ese canal abierto seré voraz. Y ese canal puede ser el de la comida, el sexo, el poder, el dinero, el prestigio, el afecto, el conocimiento."

Algunos padres se quejan de la voracidad consumista de sus hijos ("Lo único que sabe decir es cómprame, cómprame, com-prame"). Otros sencillamente se someten a ella comprando, comprando y comprando. En todos los casos valdría pregun­tarse, siguiendo las ideas de Levy, qué canales de expresión de necesidades se han cerrado y cuáles son esas necesidades que, con la ayuda de los mencionados mercaderes, se han desplaza­do y aparecen disfrazadas de deseos incontenibles e inmedia­tos.

¿Será acaso la necesidad de una compañía materna y pater­na real, operativa, consciente y creativa? ¿Será la necesidad de comunicación nutricia con los padres, una comunicación de doble vía, con base en la atención y la presencia? ¿Será necesi­dad de tiempo compartido? ¿Será necesidad de orientación y referencias? ¿Será necesidad de sentirse registrados, mirados, escuchados, por padres empáticos, observadores y dedicados a sus funciones? ¿Será la necesidad de un amor que se exprese en actos, en gestos y no en meras declaraciones formales o en un automatismo derivado del lazo de sangre ("¡Cómo no lo voy a querer si es mi hijo!")? Hay una relación directa y estrecha entre voracidad (de cualquier tipo) y vacío. El enjambre de niños consumidores de la sociedad contemporánea es el testi­monio de un inmenso vacío en las almas infantiles. Una orfan­dad si no formal, seguramente real.
[1] Diario La Nación, Buenos Aires, 27 de agosto de 2006.
[2] Grijalbo, Buenos Aires, 2005